Share Volunteering

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Charlotte is doing a volunteer project in Romania

Every change leads to uncertainty. Moving from France to Romania – an almost undiscovered country located in the east European- increased my curiosity as well as some fears. I wondered how life would be in an ex-communist country; I did not know much about Romania apart from this historic facts. Besides, my destination was quite unusual: I was going to the Romanian Verdun: Mărășești – a little town in Vrancea County –, part of one of the 20th poorest region of the European Union. Here is an attempt at summary what I discovered during six months here.

Located next to the “death road” – such a charming nickname of the National road E85 due to its high number of deadly incidents-, Mărășești seems to be a place of the past. Both famous for its Mausoleum and its poverty, the town suffers from several prejudices. I remember to experience them even before I reached the place. Six months ago, during my way from Bucharest my bus mate -a woman from Piatra Neamt who barely spoke English- forewarned me of it “Don’t go there. Not a good city. Dangerous place. Poor, really poor, many gypsies. Dangerous.” It sets the tone. I did hear again these kinds of comments many times while I was travelling along Romania. However, my living experience here tells a different story.

Through the lens of my foreign perspective, the town is a mirror of the Romanian dichotomy. I explain. From an outside point of view both Romania and Mărășești are considered as dangerous places. But, despite all the complex problems of poverty that affect them, it turns out to be easy and safe to live there.  People seem to be apart from any concerns relating war, refugees’ crisis, terrorism and so on. I remember once how a Romanian man told me, laughing: “We don’t need to care about that, no one wants to come in Romania”. It is true they don’t worry much. Children play peacefully in the streets of the town; doors of our neighborhoods’ buildings are opened all day and all night long.

It comes up that Romania is a “village country”. The Romanian population is as united and welcoming as you could expect from people in villages, which it might be due to the hard times of communism and dictatorship. I wrote in purpose the Romanianpopulation and not the Romani one. Walking through Mărășești offers an accurate vision of their cohabitation. Built in length like the majority of cities, the town is crossed by a main road. The journey from the train station until the north eastern part of the town illustrates the complexity and the diversity of the country’s reality. Surrounded by garbage, the route pass over a mix of houses and ruins. Middle classes coexist with poverty; cars with horse-drawn carriages. The whole city portrays this strong duality. It seems to me that there are two juxtaposed worlds. Even the landscape depicts this contrast: farm fields stand next to abandoned industries.

These two sides of Mărășești are the two faces of Romania. Passing over the grey buildings and the green patches of flora, the vivid colors of some gypsy’s outfits differ from the monochromatic road. The town, which has been left in the sideline by the authorities, illustrates a rural way of life, only disturbed by the stray dogs’ barks at night. It is for me the perfect example of the main problems that Romania encounters: pollution, poverty, corruption and stray dogs. But Mărășești is as well the field of an undergoing change: the unity of its population, its strong cultural background and its natural and local agriculture appear to be the strengths of this young European nation.

Charlotte Causit is a Volunteer from France (European Voluntary Service) for seven months in Romania, at „Voluntariat pentru viață” Association Mărășești.  

 

La última vez que os escribí contándoos cómo iba yendo la experiencia de voluntariado Rumanía educación y cómo yo me sentía fue hace meses. El tiempo aquí ha pasado tan rápido que me cuesta creer que, siete meses más tarde, vuelvo a casa.

Vuelvo a casa después de haber conocido no solo una cultura, sino de haber tenido, además, ¡la oportunidad de convivir con muchas otras! A Rumanía la guardo en mi corazón.

Cuando comienzas un proyecto de voluntariado europeo no eres consciente del impacto que puede llegar a tener en ti. En mi caso particular, yo ya había vivido fuera de España anteriormente, por lo que muchos de los cambios que se producen con esa primera salida de tu zona de confort no los he sentido en esta experiencia, pero sí muchos otros.

Destacaría cómo el zambullirte siete meses en un proyecto, en este caso con niños, en un país extranjero, te introduce en el mundo laboral y ensalza la autonomía personal, ayudándote a desarrollar habilidades necesarias en cuanto a la administración de tiempo y finanzas, resolución de problemas o trabajo en equipo, lo cual es muy útil de cara al futuro.

Trabajar en equipo te obliga a descubrir nuevos aspectos de ti mismo. Descubres en qué roles te encuentras más cómodo, cuáles son tus puntos fuertes y cuáles debes mejorar. Aprendes a escuchar, a entender y a compartir, especialmente si tus propios compañeros de trabajo son las mismas personas con las que compartes casa, como es mi caso.

La suerte, por supuesto, es un factor importante en cuanto a la configuración del equipo.

Entender las diferencias que existen entre cada uno, y respetarlas, facilita la comunicación, que al fin y al cabo es crucial si hablamos de trabajar en grupo. Como digo, aprendes a ser flexible, porque debes serlo para que sea posible desarrollar un proyecto conjunto. Por mi parte, convivo con tres personas de culturas y países diferentes al mío: Francia, Italia y Grecia.

Y soy muy afortunada. Hemos trabajado juntos desde el primer momento, codo con codo, sin problemas mayores. Empezamos siendo desconocidos hace siete meses y nos vamos de aquí, de Mărășești, siendo amigos. Lo bonito de compartir culturas es que al final te empapas de ellas y terminas el proyecto entendiendo otras lenguas, y hablándolas, aunque sea un poquito, “un po’ “, “un peu” – pero imposible aprender griego-.

El mundo del voluntariado, por mi experiencia en Rumanía, es pequeño y más o menos llegas a conocer a gran parte de los que, como tú, se encuentran allí en medio de un proyecto. Y el mundo en sí mismo, que también es más pequeño de lo que parece, hace que un día compartas mesa con voluntarios de muchas otras partes del mundo: Turquía, Portugal, Armenia, Alemania y un largo etcétera. Al final descubres que todos estamos aquí por razones parecidas.

Hacer un EVS te ayuda a conocerte mejor; te enfrentas a situaciones que no has vivido anteriormente. Yo nunca había trabajado con niños de la forma en la que lo he hecho aquí. De hecho, estudié Criminología y, al acabar mi carrera, sabía que quería hacer algo diferente con mi vida. Tres meses después cogí un avión para Bucarest.

Ni estaba loca, ni Rumanía es un país del que tener miedo. Los estereotipos, los comentarios de desprecio, los vas a escuchar si decides viajar a un país que no esté tan bien considerado como del que provienes. ¡Oídos sordos! La ignorancia siempre habla muy alto. Rumanía, aparte de ser un país precioso y especial, tiene gente maravillosa. Y uno de los mejores recuerdos e impresiones que me llevo conmigo es su amabilidad.

Mi proyecto, de nombre “Share Volunteering”, está basado en la realización de actividades de educación no formal, y actuamos en tres colegios y un instituto. Compartimos la pedagogía del método “I CAN”, que se centra en ensalzar la capacidad que cada niño y niña tiene para alcanzar un propósito.

El papel de los voluntarios es, simplemente, actuar como facilitadores, dándoles las herramientas necesarias para cumplir un objetivo. Nuestras actividades, además, se centran en incidir sobre un problema dentro de la comunidad, ya sea en el colegio, familia o
en el propio municipio. Para ello, aplicamos un procedimiento repartido en cuatro pasos:

“Feel”, “Imagine”, “Do”, “Share”, o en otras palabras: sentir un problema que creamos poder resolver dentro de la comunidad, imaginar todas aquellas soluciones posibles para dicho problema, poner en práctica el mapa teórico previo para su resolución, es decir, actuar frente al problema para, por último, compartir el proceso a través de redes sociales u otros medios – campañas de publicidad mediante el uso de posters o dar visibilidad al resultado obtenido en el propio colegio o vía pública- con el fin de inspirar al resto de la comunidad a unirse frente al problema.

Durante los últimos meses, mucho más frenéticos que los anteriores, nos hemos centrado en terminar varios proyectos que habíamos empezado con anterioridad: campañas de reciclaje, violencia y acoso escolar o campañas anti-tabaco. Al trabajar con menores dentro de un rango de edad tan amplio (7- 16 años de edad), adaptamos las actividades para cada una de las
clases.

El proyecto más grande y que aún continúa en activo se centra en el “bullying”. Lo desarrollamos con ayuda de voluntarios del instituto de Mărășești, y está dirigido a menores de entre 11 y 14 años. Como creemos que los problemas entre compañeros de clase se
producen, en muchas ocasiones, por la existencia de prejuicios hacia otras personas que no conocemos especialmente bien, en nuestro proyecto desarrollamos actividades para que los estudiantes lleguen a conocerse mejor entre unos y otros, compartiendo sus gustos, aficiones y sentimientos para entender que, al final, todos somos más parecidos de lo que creemos.

Esto se acaba. ¡Y qué pena! Pero qué alegría tan grande, haber enviado un día, hace más de siete meses, una carta de motivación a la asociación Voluntariat Pentru Viață, la familia que nos ha cuidado durante todo este trayecto de crecimiento personal y que ha hecho posible que encontremos un hogar aquí, en Mărășești, en Rumanía.

Escrito por Virginia, voluntaria europea en Rumanía

https://www.facebook.com/groups/529263744082842/

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